sábado, 27 de mayo de 2017

Julio Jaramillo: El redescubrimiento del ‘Ruiseñor de América’




Rodolfo Muñoz hace cuatro años decidió seguir la diáspora del cantante Julio Jaramillo por el continente americano entre los años 50 y 70. Sentía que los ecuatorianos “se estaban perdiendo una gran historia” y que habían conocido a Julio por mitos como que era un mujeriego y un borracho. “Esa parte burda ya había sido explotada, no creo que tengamos derecho a meternos en la vida muy íntima de la gente”, dice Muñoz.

Su intención con el filme, llamado Si yo muero primero, frase de la famosa canción Nuestro Juramento, fue redescubrir al Ruiseñor de América. Para esto siguió la pista de coleccionistas, fanáticos y del musicólogo Mario Godoy, radicado en México, que lleva varios años investigando al cantante, y que ha descubierto que grabó unos 4.000 temas en más de una docena de géneros, entre ellos rock y tango.

Uno de los hallazgos del documental fue conocer que Jaramillo había grabado con la orquesta Astor Piazzola. Los coleccionistas dejan oír en el documental algunas de esas canciones, pero el documentalista, excéptico, llegó al productor de ese disco, que se grabó en Venezuela, y despeja todas las dudas casi al final del filme.

Casi todo en el filme resulta nuevo para el público ecuatoriano, aquí se quedó etiquetado como el cantante de los pasillos que alimentan el despecho, la música de las clases populares.

Los datos biográficos son mínimos, acaso la anécdota de que la madre del cantante le rompió un diente de un puñete cuando descubrió que cantaba a escondidas de ella o la de su hermano, que también era cantante, y que juntos se hicieron conocidos en las radios de la épocas.
El documental muestra en 107 minutos el camino que hizo el cantante por toda Latinoamérica. En México, fue un gran ídolo y eso lo confirman los radiodifusores de la época. En Colombia y Venezuela se quedaron grabadas sus canciones y eso lo confirma la gente de la calle que es entrevistada por el documentalista.

La película tuvo su premier en el festival de documentales de Quito (Encuentros del Otro Cine), y ahora pasará por un par de festivales pequeños, uno de ellos en Nueva York donde se espera que atraiga a los migrantes ecuatorianos. “Los ecuatorianos cuando estamos fuera acudimos a los mercados de la nostalgia donde se consiguen los productos locales, lo mismo ocurre con la música de Julio Jaramillo”, dice Muñoz. “Muchos se ven reflejados en la historia de Julio, también sienten que no han sido profetas en su tierra”.

La historia de Julio Jaramillo era un pendiente que tenía Ecuador porque ha sido el artista más internacional de todos los tiempos, aunque en su momento no recibió el justo homenaje. La película muestra esa devoción a destiempo que le dedican sus coterráneos, los guayaquileños.

Rodolfo Muñoz, director del filme, viene del periodismo y ha tenido otros aciertos como la cinta Muchedumbre, que documenta la rebelión policial en Ecuador del 30 de septiembre de 2010.

lunes, 22 de mayo de 2017

El tratado comercial con el Pacífico sigue adelante sin Estados Unidos

elpais.com

Paloma Almoguera / Xavier Fontdeglòria
Singapur / Pekín

Las economías de la cuenca del Pacífico han decidido no esperar a Estados Unidos. Mientras la primera potencia mundial se repliega en el ámbito comercial, los once países que aún forman el megatratado comercial conocido como TPP (por sus siglas en inglés) han decidido sacarlo adelante cuatro meses después de que el presidente Donald Trump lo dejara en estado comatoso al retirarse del pacto nada más llegar a la Casa Blanca. Los titulares de comercio del resto de naciones, incluidas México o Japón, abogan por explorar opciones que garanticen la continuidad del pacto lo antes posible

 “Los ministros están de acuerdo en el valor de alcanzar los beneficios del TPP, y, con ese objetivo, acuerdan iniciar un proceso (...) para que el acuerdo (…) entre en vigor de forma expedita”, reza el comunicado suscrito hoy por los máximos representantes de comercio de los once países miembros (Japón, Canadá, Australia, México, Perú, Chile, Nueva Zelanda, Singapur, Malasia, Brunéi y Vietnam), tras un encuentro mantenido en los márgenes de una reunión ministerial del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Hanoi (Vietnam).

La meta, añade el comunicado, es que dicho proceso concluya antes de que vuelvan a reunirse con motivo de otro encuentro de la APEC previsto en Danang (Vietnam) los próximos 10 y 11 de noviembre. Un periodo en el que no descartan que se unan nuevos países -"que acepten los altos estándares del TPP”, enfatiza el texto-, y con el que dejan claro “nuestra contribución a mantener los mercados abiertos, fortalecer las reglas comerciales del sistema internacional, aumentar el comercio mundial y elevar el nivel de vida de la población”.

Un mensaje contundente que supone en cierta medida un aviso a navegantes a Estados Unidos, país que algunos de los máximos propulsores del TPP, como Japón o Australia, todavía confían en que regrese. “Es importante dejar la puerta abierta a Estados Unidos. Aunque ahora puede que (el TPP) no se adapte a los intereses de EE.UU., las circunstancias pueden cambiar en el futuro”, aseveró el ministro de Comercio, Turismo e Inversión australiano, Steven Ciobo, desde Hanoi.

Pero hay pocas esperanzas de que eso ocurra. “Estados Unidos se retiró del TPP y no va a cambiar esa decisión”, declaró este domingo el representante de Comercio de Estados Unidos, Robert Lighthizer, desde Hanoi. Sin cambios a la vista, su asistencia a la cumbre de Vietnam se consideró al menos una rama de olivo tras los desplantes de Trump. “(La participación de Lighthizer) sí nos ha ofrecido algo más de claridad sobre cuál es la posición de Estados Unidos. Les preocupan las reglas. No sugieren que se ralentice el comercio, sino que se asegure un tablero de juego más equilibrado”, indica a este periódico Allan Bollard, director ejecutivo del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), presente en Hanoi.

Lightizer mantuvo varios cara a cara con socios clave, entre ellos los ministros de Canadá y México, en línea con el interés de Trump de reforzar los acuerdos comerciales bilaterales y dejar a un lado los megatratados.

Pero la retirada de Estados Unidos del TPP fue y sigue siendo un mazazo para muchas de las economías participantes. No solamente por perder el acceso preferencial al mercado estadounidense, sino también porque el tratado en sí comportaba la apertura a la inversión extranjera o eliminaba subsidios a sectores protegidos. Si bien en un principio algunos países como Japón aseguraron que un TPP sin Estados Unidos carecía de sentido, más adelante se suavizaron las posturas para intentar sacar provecho de unas negociaciones que se alargaron durante más de una década.

Sin Estados Unidos, que suponía el 60% del PIB total de los 12 miembros originales, los beneficios económicos globales serán mucho menores. Pero para las economías asiáticas del TPP, las ganancias podrían ser bastante sustanciales. El tamaño de este impulso económico dependerá también de en qué medida los países restantes se atengan a sus compromisos de eliminar barreras no arancelarias”, asegura Gareth Leather, economista sénior para Asia de Capital Economics, en un comunicado. De hecho, tanto Malasia como Vietnam -los que hubieran obtenido más beneficios con la entrada de Estados Unidos y que aceptaron hacer amplias reformas en sus mercados internos- ya han mostrado su disposición de cambiar algunos de los términos del acuerdo.

La revitalización del TPP es también, indirectamente, un órdago a China. Con Trump y su “America First”, el gigante asiático se ha erigido como el nuevo baluarte del libre comercio (aunque en su territorio siga habiendo fuertes restricciones para hacer negocios o a la libre circulación de capitales). Ante el futuro incierto del TPP, Pekín vio la oportunidad perfecta para promover sus propuestas de libre comercio, especialmente la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés). Este acuerdo comercial abarca solamente a los países asiáticos y, a diferencia del TPP, no obliga a unos estándares comunes en materia de propiedad intelectual o protección del medio ambiente.

martes, 9 de mayo de 2017

AMÉRICA LATINA AL DESNUDO



 Un joven envuelto en llamas durante la protesta contra Nicolás Maduro del 3 de mayo de 2017. Ronaldo Schemidt
asoecuador.org

Entre el pasado 30 de marzo y el 2 de abril, América Latina generó un vendaval de noticias que ocuparon el centro de atención no solo regional, sino también mundial: la crisis institucional en Venezuela, los disturbios en Paraguay, la tragedia humanitaria en Colombia, la movilización liderada por uribismo en ese mismo país y, por último, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Ecuador. Aunque cada uno de estos hechos respondía a dinámicas propias de cada nación, también es verdad que todos estos sucesos desnudaron muchas de las asignaturas pendientes que arrastra la región y que se alzan como sus principales retos a corto y medio plazo.

La crisis política y social en Venezuela y sus secuelas refleja las grandes dificultades por las que atraviesan los heterogéneos regímenes que tan de moda estuvieron hace una década, los conocidos, acertadamente o no, como “socialismo del siglo XXI”. Tanto los Gobiernos que más claramente se adecuan a esa definición como sus aliados (el kirchnerismo argentino) y los situados en la izquierda moderada (el hegemónico PT de Lula da Silva, por ejemplo) han entrado en una etapa de reflujo y decadencia. Desde 2015 la región ha dado sobradas pruebas de ello: ese año la oposición antichavista de la Mesa de Unidad Democrática ganó la mayoría en la Asamblea venezolana y el kirchnerismo perdió las presidenciales. En 2016 Evo Morales vio frustradas sus expectativas de reelección al ser derrotado en un referéndum sobre la reforma constitucional, mientras que Dilma Rousseff perdía la presidencia vía impeachment y el PT se hundía en los comicios locales sacudido por la corrupción.

En 2017, Nicolás Maduro intenta acabar con las competencias de la Asamblea opositora mientras desata la represión de las protestas en las calles. A la vez ha comprobado que se encuentra aislado a escala regional: ya no existe aquel antiguo eje chavista que cubría Latinoamérica. La victoria del correísta Lenín Moreno en Ecuador parecería mostrar que “el socialismo del siglo XXI” resiste a esa decadencia y que el reflujo se ha detenido. Sin embargo, el cómo se ha producido ese triunfo arroja nuevos datos que confirman la marea baja: el correísmo ha pasado de ganar en primera vuelta y por amplio margen en 2009 y 2013, a verse obligado a disputar una segunda vuelta e imponerse por poco más de dos puntos a la alternativa anticorreísta encabezada por Guillermo Lasso.

La crisis venezolana y la fuerte polarización ecuatoriana son reflejo de unos países en los que las hegemonías incontestables son una rara avis (sobrevive apenas el orteguismo en Nicaragua) o se han acabado (recuérdese que en 2011 Cristina Kirchner se impuso en primera vuelta y lo hizo por 37 puntos de diferencia). Ahora, en América Latina, la gobernabilidad es más compleja, como evidencian los choques de poderes y las crisis institucionales en Venezuela, pero también las tensiones entre el Congreso fujimorista y la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski en Perú, o entre el Ejecutivo de Mauricio Macri y el fraccionado Legislativo argentino.

Es más complejo gobernar América Latina porque la situación económica ya no es de bonanza (como durante la década dorada 2003-2013) y eso tiene un correlato social: aumento del malestar, sobre todo entre unas clases medias más empoderadas y movilizadas en pos de elevar sus condiciones de vida (infraestructuras más modernas, mejor transporte, salud, educación, seguridad…). Los Estados latinoamericanos, ineficaces e ineficientes y con menores recursos, a duras penas pueden canalizar las presiones que reciben de esas sociedades crecientemente mesocráticas. Prueba palpable de esa ineficacia e ineficiencia es lo ocurrido en Colombia (y desde comienzo de año en Perú): el desastre humanitario provocado en Mocoa deja en evidencia a unas Administraciones públicas, en este caso municipales y provinciales, que se ven desbordadas por los asentamientos ilegales que proliferan en los cauces de los ríos, y a un Estado ausente, incapaz de poner en marcha políticas para prevenir, o al menos aminorar, los efectos de las lluvias torrenciales.

Un Estado que fracasa igualmente a la hora de brindar seguridad a sus ciudadanos: el incremento de los robos y crímenes y, sobre todo, el aumento de la sensación de inseguridad hieren la legitimidad de unas instituciones desbordadas, cuyas actuaciones oscilan entre la “mano dura” y la “mano blanda” pero sin un plan a largo plazo. El asesinato este mes del jugador de la selección de fútbol de Panamá Amílcar Henríquez, en Colón, es un buen ejemplo de cómo la inseguridad y la sensación de inseguridad se retroalimentan y acaban socavando al Estado.

Las instituciones son débiles, fallan y a menudo están sumidas en la corrupción o captadas por el crimen organizado. Y es en esos casos cuando emergen los personalismos, como en el Paraguay de Horacio Cartes, donde el oficialismo trata de recurrir a la reelección presidencial. Lo hace forzando los límites de lo legal y lo constitucional, “en medio del partido”, y desatando una “rebelión” popular.

En Latinoamérica la regla general es que el ciudadano no cree en un Estado, el cual o bien no funciona adecuadamente, o bien es prisionero de determinados intereses. Esto golpea en la línea de flotación a los partidos tradicionales y permite el ascenso de otras fuerzas que levantan la bandera electoral de la lucha contra la corrupción. La movilización encabezada por el uribismo en Colombia el 1 de abril pone sobre la mesa uno de los temas que está marcando todas las citas electorales (y lo seguirá haciendo en el futuro): la corrupción, cuyo ejemplo más prominente, a nivel continental, es el caso Odebrecht. Las nuevas clases medias piden transparencia y tienen menor tolerancia hacia la corrupción, mucho más en una coyuntura de lento crecimiento o crisis.

Todos estos acontecimientos nos hablan de una América Latina en transición que, mientras no acometa reformas profundas en los terrenos político, social y económico, se verá amenazada por nuevas crisis institucionales y de gobernabilidad y la emergencia de renovados populismos, producto de una sociedad que descree en sus instituciones. 

La receta es relativamente fácil de describir pero compleja de llevar a cabo, sobre todo, si no existe voluntad y fortaleza política. Los países de la región, en líneas generales, no han avanzado en la construcción de Estados capaces de atender las demandas sociales en salud, educación y seguridad. La economía ha crecido a un ritmo muy alto, sobre todo entre 2003 y 2008, gracias al tirón de las materias primas. Sin embargo, ese crecimiento no se basó en una apuesta por la productividad y la competitividad, ni por la diversificación de las exportaciones.

El reto de regresar a los altos crecimientos de hace un cuatrienio pasa por priorizar e invertir en capital humano (educación), físico (infraestructuras) y en innovación para ser más productivos y competitivos. En materia social, América Latina ha visto cómo se reducía la pobreza en estos años, pero las nuevas clases medias son en gran parte vulnerables en caso de crisis o estancamiento económico de larga duración, como ocurre actualmente.


En definitiva, el mejor antídoto para defender la democracia contra los populismos y los movimientos demagógicos de izquierdas y derechas es un Estado eficaz y eficiente que impulse políticas públicas que combatan la pobreza y la desigualdad y amparen un desarrollo económico innovador y con una matriz diversificada. Esa es la agenda urgente que la región tiene por delante, ante la cual es un lujo perder los trenes que pasan. Más que nunca, parafraseando a José Ortega y Gasset, cabe decir: “Latinoamericanos, a las cosas”.